Crónica agnóstica de la Candelaria... 1





Cuento

Dedicado a una de las personas más tiernas y divertidas que conozco: mi madre.

(Parte 1 de 5)

Yo no creo. No creo en leyendas que hacen surgir a un hombre de las aguas del Titicaca para que funde con su vara de mando ningún imperio, por muy autóctono que sea. No creo en el mito de ese hombre acompañado de su colla para justificar la institución del matrimonio. Tampoco en la versión blanca del invento, en el jardín donde la curiosidad de una mujer es la perdición del varón en la Tierra por decisión de otro varón que manda en el Cielo. No creo en dioses, diablos ni en ángeles, ni en madres condenadas a ser vírgenes para ganarse la devoción de nadie. Por no creer, no creo en mi propia madre, ni en su devoción por la Virgen de la Candelaria. Pero allí estaba yo, acompañándola en ese viaje a Puno, la que dicen es la capital folclórica, y justo en la que, dicen también, es la mayor fiesta del Perú. Y es que yo no creo tampoco en etiquetas grandilocuentes, ni en campañas turísticas. Odio hacer turismo, y más aún turismo vivencial. Si por internet puedes visitar cualquier sitio del mundo, ¿para qué levantarte de la silla? Pero ahí estaba yo, como digo, complaciendo a mi madre, pero con una condición: Sólo te acompaño un rato a la procesión y el resto del tiempo me encierro en el hotel, que tengo que escribir una crónica y aún no sé de qué va a tratar. Apenas pude terminar la frase, pues mi madre intentó plantarme una medallita de tela de la Candelaria que acababa de comprar: Póntela, para que te traiga inspiración. Mi corazón se me salía por la boca por culpa del mal de altura y de la devoción de mi madre, que me daba más soroche que los casi 4000 metros que pisaban mis pies congelados. Porque también odio el frío (y no creo que nada pueda abrigarme lo suficiente), pero no lo odio tanto como tener que aprenderme al dedillo el programa de una celebración bullanguera, desordenada y estridente que dura más de 15 días, como si no tuviera otra cosa con que ocupar mi memoria o mi cabeza fuera una web informativa institucional.

Crónica... 2


“El festival reúne a más de 200 grupos de músicos y bailarines para celebrar la fiesta de Mamacha Candelaria. Los primeros nueve días, los llamados mayordomos decoran la iglesia, preparan la Misa, el banquete y los fuegos artificiales. El día principal es el 2 de Febrero, y ese día la Virgen es conducida por la ciudad en una colorida procesión, acompañada por sacerdotes, monaguillos y la feligresía, grupos de músicos y bailarines desfilando a través de la ciudad”. Comenzó a llover en la Plaza Mayor, pero mi madre siguió leyendo hasta la fecha y el nombre del autor del artículo, y me enfundó un impermeable, sabiendo que no la creería cuando me dijera “La Virgen nos va a hacer el milagro de devolvernos el sol”. Luego me agarró de la mano y me arrastró por las calles angostas del centro, colapsadas de rostros y andares aymaras, quechuas, limeños y gringos, que paralizaban su vida para rendirle homenaje a una imagen de cartón y madera. Una imagen que, creen, se le apareció a no sé quién para espantar a los diablos que habitaban las galerías infernales de las minas de la zona y para salvar a un minero o a un ladrón ya inevitablemente muerto.

Crónica... 3


“…Más de 40 mil turistas entre nacionales e internacionales, casi toda la población puneña, y miles de danzarines que participan en diferentes conjuntos folklóricos”, volvió a leer mi mamá. Y yo misma lo comprobé durante las cinco horas que me tuvo sentada en las gradas incómodas de no sé qué estadio enlodado para ver una exhibición interminable. “88 comparsas, entre Carnavales, Awatiris, Cahuires, Cintakanas, Chacareros, Chacalladas, Chacus, Chunchos, Chullu Q'awas, Yapuchiris...” ¡Basta, mamá! Ya me he hecho una idea, y además debería irme al hotel a escribir. Le quité el periódico de las manos, pero ella no me oyó, se limitó a mirarme con su cara chaposa y feliz y canjeó sus ganas de saltar al barro del estadio y ponerse a bailar, por unas cuantas arengas a sus conjuntos favoritos que danzaban con trajes de luces. ¡¡Espectacular Diablada Bellavista, campeones!!! ¡¡¡Diablada Amigos de la Policía Nacional del Perú, bravo!!! ¡¡Vivan la Morenada Orkapata, Diablada Azoguini y los Tinkus!!! Total, que para ella todos los conjuntos debían ganar el Concurso Regional de Danzas. Yo no creo en premios, ni tampoco en milagros, así que cuando salió el sol, mientras mi madre miraba al cielo y decía “gracias”, yo me limité a informarle: tengo hambre. Pero no la convencí de ir a comer un choclo con queso a un lugar menos inmundo. Me obligó a ver cómo ella descuartizaba con los dientes un cuy despatarrado, a pesar de saber que lo único en lo que creo es en la buena salud y en que comer animales y tomar alcohol no hacen sino quitártela.


Crónica... 4




Tres mates de coca después mi mamá era un trompo, y yo la miraba apostada con cuidado en una tabla sujeta con un clavo a un andamio endeble, donde se sentaban decenas de personas delante de la catedral. El frío era más tremendo de noche y yo ya no sabía si estaba viendo la Entrada de Bandas, el desfile de Danzas Autóctonas, las Vísperas, la Gran Parada o la Veneración a la Patrona de Puno. Yo odio bailar y más aún con soroche. Mi madre, en cambio, se quitó los zapatos al paso de unos danzarines descalzos e hizo temblar la tabla y el clavo, y sobre todo mi corazón que ya no daba más. Pero lo peor no había llegado aún. Mi mamá no dejaba de brindar con un vaso de cerveza o ron o pisco o vino, o lo que fuera, cualquier cosa con alcohol diferente a mi agua mineral natural. De pronto, a falta de folletos turísticos que leer, mi madre se puso poético-devota y dio rienda suelta a su veneración cuando tuvo a la Virgen ante sus ojos: ¡Salud, Mamacha, tú me quitaste los zapatos y los encerraste en una cañita de zampoña, la soplaste y salieron bailando solos! ¡Candelaria, me diste el cuerno en espiral de un diablo brillante que atravesó mi tráquea para dejarme muda! ¡Me diste el orejón de una trompeta gigante, y yo me metí en ella como en un túnel del que no he salido porque suena a tristeza y jarana! ¡Y el laberinto de esas tartaletas de milhojas que son las faldas que las cholas amaestran y hacen ondear cíclicamente al viento como si vivieran en una caja musical! Yo no daba crédito, pero el público que me rodeaba no era muy distinto de mi madre, que prosiguió: ¡Mamita, regálame uno de esos cascabeles que se alocan en las botas de los sambos que te veneran brincando saya! Puno entero enfervorecido entre oraciones y alcohol y yo queriendo escapar de es bucle del tiempo. Una y otra vez esos simples ritmos monótonos, tanto golpe de tambor, trompetas salpicando saliva, bailarinas de saya enseñando el tanga porque sí, cholas waka waka levantando a caderazo limpio sus pesadas polleras de paño, carracas incrustándose en mi oído, cholos toreros diciendo olé, diablos fetichistas besando los pies de la Virgen, arcángeles brincando en calzón bombacho, policías disfrazados de King kong fotógrafo.


Crónica... y 5




Y de pronto un chicotazo contra el suelo y un cascabel que saltó de la bota de un sambo caporal mientras pirueteaba en el aire. Yo nunca he creído en la maternidad ni en el amor incondicional, así que cuando vi a mi madre salir corriendo tras el cascabel, a punto de ser aplastada por un rey moreno que fumaba pipa, decidí creer en la orfandad y apurar mi botella de agua. ¡Te lo dije, hija, la virgen hace milagros! Me gritó mi ex madre enarbolando triunfante el cascabel del zambo desdentado y horrible que le guiñó un ojo en medio de una pose de su siguiente cabriola. ¡Pídele tú un deseo! Me dijo, me repitió, me insistió hasta el agobio total, hasta que yo grité ¡Por la Santísima Virgen de la Candelaria, que acabe esta fiesta de una bendita vez! ¡Yo sólo quiero escribir mi crónica! Y un trueno ronco estremeció el Altiplano entero y todos los instrumentos dejaron de sonar de sopetón. Todo el mundo salió corriendo: King Kong corrió a una bodega a proteger su pelambre de la lluvia y a seguir mojándose solo por dentro con más cerveza. El diablo rojo entró en la iglesia y se persignó. El arcángel Gabriel gritó ¡carajo! al ver su ropa empapada en un instante y fue a cambiarse de calzón. Y hasta mi mamá corrió a un restaurante a comerse otro cuy, sin darse cuenta de que en el camino perdía su cascabel. Miré alrededor y nadie, nada. Sólo el cascabel de mi madre rodando en el cemento. Me agaché a recogerlo y al incorporarme la vi. Blanca, reluciente, inmune a la tormenta, coronada por una constelación de estrellas, serena y plácida, como acabando de amamantar al niño que tenía en brazos. La Mamacha Candelaria me observó desde la cima de su anda, a las puertas de su templo. Sin poder esquivar su mirada, sintiendo cómo las gotas traspasaban mi impermeable, no supe qué hacer. La seguí mirando y creí oír que me decía: Ahora anda al hotel y ponte a escribir.
Yo sigo sin creer en dioses, en fundadores de imperios patriarcales, en ángeles, diablos e imágenes de madres condenadas a la virginidad como virtud. Sigo tomando nada más que agua, y a lo sumo mate de coca para el soroche. Pero llevo la estampita de tela de la Candelaria que mi madre me regaló. No muy visible, metida en el bolsillo, pero la llevo y la agarro fuerte cuando hay tormenta.
Texto y fotos: Rocío Santillana

Erocéntrica, 9º puesto en el B.A.NG Festival de Videoarte de BCN

diseño flyer: pilar cebrián

Erocéntrica



Erocéntrica Proyecto Multimedia de Poesía Activa nace del poemario Erocéntrica Poesía Inconsecuente, escrito entre Lima y Madrid, y de próxima publicación en La Habana. En sus textos están inspirados éste y los videopoemas Inconsecuencias y ¿Cuál crisis?, producidos entre 2008 y 2009 en Lima y La Habana. El proyecto comprende también presentaciones y lecturas performáticas y musicalizadas en vivo ejecutadas por la autora en colaboración con otros artistas en distintos eventos realizados en las tres ciudades donde Rocío Santillana desarrolla su actividad en los últimos años. La banda sonora de este videopoema performático ha sido generosamente cedida por su compositora e intérprete, la británica Sue Herrod.

¿Cuál crisis?


voy a hacer a los 40
lo que no me atreví a los 20
sin pedir carnet de identidad a ninguno de los 60



Por cuestiones de derechos, la versión colgada en youtube no contiene
la pista de audio ni el montaje musical originales.

Mi otra lengua

¿Videoarte. Videodanza. Videoclip?
Compruébalo en


un jazz-changüí compuesto e interpretado por la joya del jazz cubano Yasek Manzano
una coreografía de Lisset Galego, de la Compañía de Danza Teatro Retazos en La Habana Vieja
una idea de Rocío Santillana


El árbol y el pintor - Novela - Capítulo 1

La semilla amarga

El ala ancha de fieltro que cubría los ojos de Pascual era la única sombra en la estación de Altamira. El chasquido rítmico del tabaco en contacto con sus labios, el único ruido. Su caballo había dejado de resoplar en su afán de mantener, inmóvil, el porte erguido y digno del jinete, que adormecía su impaciencia mirando las vías del tren derretirse al fuego lento y constante del sol. El traje de lino recién planchado que lucía Pascual y la flor de su solapa hacían esfuerzos por no sucumbir al calor del mediodía arrugándose, marchitándose. La prometida venía de muy lejos y había que causarle la mejor impresión.

El esperado silbido rompió, al fin, la calma tensa al tiempo que uno de los peones de Pascual señalaba el tren. El vapor se arremolinó de tal forma al ser expulsado por la chimenea y el chirrido de las ruedas de hierro fue tan ensordecedor, que el caballo perdió la compostura. Pascual retomó el control de las riendas, pero no el de su corazón. El tren se detuvo ante él produciendo de nuevo un silencio que amenazaba con delatar sus latidos empapados de inquietud. Pasado un instante, que Pascual vivió como eterno, unos pies diminutos calzados con zapatillas de raso pisaron la escalerilla del vagón. Eran los de Avelina. El novio se apresuró a brindarle el brazo a su prometida para ayudarla a bajar. Al hacerlo provocó por accidente que el chal que vestía se deslizara descubriendo uno de sus hombros.

Antes de que Pascual osara poner su mirada sobre él, la madre de Avelina, que bajaba a su lado, tapó el hombro con rapidez. Y fue esta mujer mestiza de mirada humilde pero digna la primera que habló, atinando a presentarse. “Doña Celia para servirle a usted”. Los novios se escrutaron mutuamente comunicándose sin palabras, pensando cosas que no dijeron, diciendo a medias lo que sintieron. La amplia sonrisa estampada en la cara de Pascual como el mismo sol radiante que la iluminaba denotó aprobación. Su corazón pudo hincharse satisfecho, orgulloso y relajado ante la belleza de Avelina, su cabello lacio y su piel clara. Tal fue su emoción, que Pascual no pudo interpretar la decepción que él, en cambio, acababa de producir en la que estaba a punto de convertirse en su esposa. Sólo achacó el tibio recibimiento a la timidez y moderación que correspondía a una joven decente. Pero se equivocó. Ni su apostura varonil, ni siquiera su piel tan blanca como la de Avelina, ni su pelo fino, ni la flor que le entregó a su novia con algo de brusquedad, podían convertirlo en el príncipe azul que ella había imaginado. Avelina nunca conoció a la abuela materna de Pascual, pero jamás le perdonaría tampoco que un día trajera de Africa sus gruesas facciones manchando la estirpe española de su prometido. Doña Celia sintió una gran tristeza por su futuro yerno, por su propia hija, y quién sabe si hasta por sí misma, recordándose ante el hombre, que quizá tampoco eligió y con el que debía compartir su vida hasta que la muerte los separara.

Dos varones decidieron la unión entre Pascual y Avelina. Dos varones y la inercia implacable del matrimonio entendido como negocio familiar, eso sí, bendecido por Dios y bajo juramento de amor eterno. Dos varones que se conocieron en la común de Lajas tratando al por mayor con habichuelas y que terminaron negociando al detalle con los destinos de la hija de uno y el hijastro del otro. Y, como todo negocio entre varones, aquél se había cerrado brindando, esta vez por una feliz coincidencia: “¡Salud, compadre, por el pueblo castellano que nos vio nacer!”.

El padre de Avelina, un pequeño hacendado del Cibao, y el patrón de Pascual, que había criado al joven como a un hijo mientras éste atendía su próspero comercio de abarrotes, murieron sin poder ver consumado su trato. Con sus respectivos bienes, Avelina y Pascual heredaron también el compromiso que empeñaría sus vidas en el monte de piedad de los casamientos concertados. Y para eso acompañaba la madre a la novia, para garantizar la voluntad de su difunto.

Cuando Pascual ciñó la cintura de Avelina ayudándola a sentarse sobre el panó de la mula que la llevaría al pueblo, la prometida supo que no había vuelta atrás. Entonces ella misma espoleó al animal con uno de sus piececitos de raso ya enganchados al estribo. “Lo que tenga que ser, que sea cuanto antes”. Pero el camino fue largo, interminable, y agotador. Pascual cabalgaba al paso junto a Avelina y doña Celia bregaba con su mula acompañada por un peón de confianza a caballo. Las horas del viaje transcurrieron en silencio por sendas escabrosas y empinadas. Las patas de las acémilas sorteaban pedruscos, resbalando constantemente por culpa del barro que se les iba pegando. Camino era demasiada palabra para designar esos surcos formados como desaguaderos por las copiosas lluvias que caían montaña abajo.

Los animales bufaban entre sí, lamentándose del desgaste que la travesía provocaba en sus huesos. Pascual y Avelina transitaban penosamente aquellos cauces secos entre los guijarros de sus monólogos. Ella, temerosa y resignada, miraba de reojo a ese hombre que le sonreía con un nerviosismo complaciente e inseguro. Sólo la madre podía adivinar lo que esa joven y ese muchacho iban pensando.

Pascual temía no saber tratar de forma adecuada a aquella señorita de ciudad, ignorando que ella apenas sabía leer y escribir. Avelina tomaba por bruto a ese hombre nada agraciado, desconociendo que era uno de los pocos letrados de la zona, junto al cura y al juez civil. Pero con el primer sorbo de agua fresca que Avelina recibió agradecida de manos de manos de aquel hombre, en Pascual nació un atisbo de esperanza. Se confortó imaginándose después del trabajo, llegando a casa agotado, besando esa boca que ahora veía beber del higüero, sentándose a la mesa con la comida caliente servida. Así el camino se le hizo más llevadero. Avelina, en cambio, quedó absorta en esas manos descuidadas y toscas que a partir de esa misma noche tocarían su cuerpo todas las noches de su vida. Doña Celia miró a su hija y supo que estaba rogándole a Dios que esas manos fueran suaves y delicadas con ella, y que tuvieran la experiencia que a las mujeres les estaba prohibida y que a todo hombre se le suponía antes de llegar al lecho nupcial.

El colorido que engalanaba el pueblo, al que por fin habían llegado, sacó a los novios de sus pensamientos. Vestidos con sus mejores atuendos, familia y vecindario recibieron a la comitiva, que se detuvo ante una digna casa adornada con gracia. “Mírala bien, Avelina, aquí es donde me vas a preparar mis buenos sancochos” El pueblo enteró rió la gracia de Pascual mientras la novia buscó la complicidad de doña Celia, que rió también, provocando la sonrisa aprobatoria de la novia. Al verla, satisfecho, Pascual ordenó unos refrigerios y un merecido descanso antes del banquete de esa noche, que sería amenizado con un perico ripiao. Avelina siguió la dirección de la mirada de su madre, observó la casita que prometía algunas comodidades y decidió que ningún dolor de nalgas a lomos de una mula estropearía el día más feliz de su vida. Apenas tuvo tiempo de compartir su ilusión con su madre, cuando una mujer bajita y rechoncha la agarró de la mano y la entró sin miramientos a la casa, desplazando a la figura enjuta y pacífica de doña Celia.

Bárbara era, sin duda, la mujer más respetada del pueblo. Curandera, comadrona, monaguilla en funciones y hasta hechicera cuando nadie la veía, participaba de forma activa en los momentos más importantes de las sencillas existencias que conformaban la comunidad. A cambio, recibía la voluntad que, cuando era generosa le alcanzaba para mantener fértil un pedacito de tierra en el que cultivaba auyamas y criaba gallinas y un cerdo que con su boca insaciable y poco exigente le servía de zafacón. Habían pasado muchas lunas desde que enviudara y quedara con un hijo, en precaria situación económica. Fue entonces cuando empezó a poner en práctica las enseñanzas de su madre, de la que heredó el conocimiento medicinal de yerbas y plantas. De su abuela aprendió la liturgia de los servicios rPascualsos, y se convirtió en compañera eficaz del cura de la parroquia. Su especialidad era tanto traer criaturas sanas a este mundo, como despedir sin dolor a quienes lo abandonaban.

Aquella noche a Bárbara le correspondía vigilar a la novia, impedir que mirara de frente a ningún hombre durante toda la fiesta, librándola así de cualquier intención pecaminosa, incluso si provenía de su futuro marido. La novia debía ser tratada como un delicado tesoro, que no podía perder su virtud y, por tanto, su valor en el camino en que era transferida de la custodia del padre (su sucedáneo femenino, Doña Celia) a la del marido. Y Pascual debía esperar con paciencia el momento en el que su preciado botín le fuera entregado oficialmente en el altar.

A la mañana siguiente la capilla que los feligreses habían construido en unos terrenos cedidos por el patrón lucía esplendorosa, adornada con flores blancas y ramas de palma para la ocasión. La presencia del cura que oficiaría la boda desató el fervor del vecindario, que desfilaba para besar el anillo de tamaño personaje de las fuerzas vivas del pueblo. El barullo llegó a la ventana de la casa donde Bárbara y doña Celia terminaban de vestir a la novia con el traje brocado que la segunda había subido al altar muchos años atrás. Avelina se miró por última vez en el espejo, despidiéndose de su rostro de señorita y frustró un suspiro dentro de la jaula nacarada de su vestido, que apenas le permitía respirar.

Cuando aquella novia entró a la capilla del brazo de doña Celia, alguien exclamó: “¡Jesús, María y José, si parece la Purísima Virgen!” Pascual olvidó, todos a la vez, los noventa minutos que había aguardado a su prometida en la iglesia, y empezó a descontar los que le faltarían para desabrochar, uno a uno, todos los botoncitos del vestido de seda bordada con hilos de plata y oro que cubrían la espalda de la hermosa mujer que para entonces ya sería suya. Bárbara hizo sonar las campanillas y el cura bendijo en latín la unión de esa muchacha y ese joven que tan poco se conocían, pero que tanto creían en el amor eterno que se juraron.

Aquel día de febrero de 1920 fue propicio para Pascual, que había entregado lo mejor de sí en aquella celebración nupcial. Quién sabe si lo fue también para Avelina, que en el lecho de bodas se le entregaría toda a Pascual al caer la noche y los botones de su vestido. Pero de eso no se enteraría nadie, porque en esa época el placer y el temor del matrimonio se vivían en el silencio y la complicidad de las cuatro paredes del aposento. Sólo doña Celia lo intuiría, y por eso se quedó dormida rogándole a Dios por la felicidad de su hija.

La dicha llegó a casa de Pascual y Avelina nueve meses después, cogida de los deditos de una mano sana, diminuta y, lo más importante, blanca. Bárbara había garantizado los cuidados especiales que Avelina y su bebé requerían para llegar a un alumbramiento feliz. Retiró de su dieta la albúmina, el azúcar y la sal. La hizo caminar todos los días. Le prohibió levantar peso y la obligó a dormir hecha un ovillo para que se identificara con la criatura que estaba a punto de nacer.

Avelina rompió fuente al tiempo que el país entero destapaba sus botellas de ron para despedir el año. Bárbara había convertido la habitación en una maternidad y había botado de la casa a todos los hombres para darle la bienvenida a Tomás Ramón con un buen par de nalgadas. “¡Es un varón!”, exclamó doña Celia. “¡Es blanco!”, celebró su hija. “¡Feliz Año Nuevo!”, irrumpió Pascual a las 12 en punto, con demasiados grados de alcohol nublándole la razón.

Cuarenta días de riesgo, reposo absoluto, frutas, vegetales verdes, caldo espeso de gallina criolla y leche de vaca recién parida recetó Bárbara a Avelina. La primeriza cumplió su régimen devotamente. Un milagro como aquel niño no podía sufrir ni un resfrío que dañara lo más mínimo su blanca perfección. Durante esa larga cuarentena desfilaron por la cuna de Tomás Ramón decenas de familiares y amistades ofrendándole regalos, queso de hoja, café, y quién sabe si hasta incienso y mirra. Aquella casa parecía un belén viviente y Avelina y Pascual se sentían los mismísimos María y San José. Alguien llegó a decir, incluso, que a esa criatura celestial de pelo rubio y ojos claros debían cambiarle el nombre y llamarlo Jesús.

Qué distinta fue la llegada al mundo del segundo hijo del matrimonio. Ni siquiera los carnavales mitigaron la tragedia que se vivió en casa de Pascual Cuervo y Avelina Guillén el 25 de febrero de 1922, cuando Emilio vino a parar a un globo terráqueo infinitamente más hostil que el plácido planeta acuático de la placenta materna.